Hay viajes que con el paso de los años se convierten en algo más que un conjunto de fotografías. Mi viaje a Japón en noviembre de 2007 es uno de ellos.
Durante aquellos días fui publicando pequeñas crónicas en este mismo blog. Osaka, Nara, Tokio, Hiroshima, templos, electrónica, música, discos... Japón era exactamente ese contraste que esperaba encontrar y, al mismo tiempo, conseguía sorprenderme continuamente.
Pero había una visita que esperaba especialmente.
De hecho, cuando escribí sobre ello desde Japón el 23 de noviembre de 2007, lo definí como una de las visitas más esperadas del viaje y «un pequeño sueño en mi vida».
Han pasado casi veinte años desde entonces y me ha parecido un buen momento para recuperar aquellas fotografías y aquellos recuerdos. Más aún ahora que Studio Ghibli ha sido reconocido con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026.
Cómo descubrí Studio Ghibli
Mi relación con Studio Ghibli empezó principalmente con El viaje de Chihiro.
Probablemente, como ocurrió con mucha gente fuera de Japón, el éxito internacional y el Óscar de la película ayudaron a que me fijara en ella. La descubrí y a partir de ahí empecé a interesarme cada vez más por el trabajo de Hayao Miyazaki y por todo aquel universo.
Mi vecino Totoro, La princesa Mononoke, Porco Rosso, El castillo en el cielo... Había algo diferente en aquellas películas.
Me interesaban las historias, evidentemente, pero también la parte visual y técnica. Siempre me ha gustado saber qué existe detrás de una imagen: cómo está hecha, cómo se mueve y cómo una idea acaba convertida en algo que vemos en una pantalla.
Por eso visitar el Museo Ghibli no era simplemente visitar un museo dedicado a unas películas que me gustaban.
Era entrar, de alguna manera, dentro de ellas.
Rumbo a Mitaka
Aunque normalmente hablamos del Museo Ghibli de Tokio, en realidad se encuentra en Mitaka, al oeste del centro de la capital japonesa y junto al parque de Inokashira.
Desde la estación de Mitaka se puede llegar caminando y también existe un pequeño autobús que conecta la estación con el museo.
Y el autobús ya deja bastante claro hacia dónde te diriges.
Recuperar ahora estas fotografías tiene algo especial. En aquel momento eran simplemente las fotos que iba haciendo durante el viaje. Hoy se han convertido en pequeños documentos de cómo recuerdo aquel Japón de 2007.
El museo tampoco aparece como una enorme construcción monumental. Está integrado en un entorno lleno de vegetación y su arquitectura parece formar parte del mismo lugar.
Y allí está, por supuesto, uno de los personajes más reconocibles de Studio Ghibli:
Totoro.
Totoro recibe a los visitantes desde una especie de taquilla, aunque aquella no es realmente la entrada. Una pequeña broma que ya anticipa que este no es un museo convencional.
Un museo pensado casi como una película
El Museo Ghibli no está planteado simplemente como una sucesión de salas llenas de objetos.
El propio edificio forma parte de la experiencia.
Escaleras de caracol, pasadizos, terrazas, puentes interiores, vidrieras y pequeños rincones hacen que uno pueda ir descubriendo el espacio en vez de limitarse a seguir un recorrido rígido.
Es una manera de plantear un museo que encaja perfectamente con el cine de Miyazaki: curiosidad, descubrimiento y tiempo para mirar.
Ver cómo nacían aquellas películas
En la pequeña entrada que publiqué desde Japón aquel mismo día escribí algo muy sencillo:
«Hemos visto cómo crean estas películas...»
Y esa era precisamente una de las partes que más me interesaban.
El museo permite acercarse al proceso con el que nace una película de animación: dibujos, fondos, bocetos, storyboards, mesas de trabajo, objetos de referencia y todo ese trabajo que normalmente queda escondido detrás de la película terminada.
Antes de convertirse en Totoro, Chihiro, Mononoke o Porco Rosso, todo empieza con algo tremendamente sencillo:
una idea, un lápiz y una hoja de papel.
Para alguien al que siempre le ha interesado la imagen, el vídeo, el diseño y la animación, poder observar este proceso tenía un atractivo añadido.
Y quizá resulte todavía más interesante verlo desde 2026.
Hoy disponemos de herramientas digitales capaces de hacer en minutos cosas que hace unos años podían requerir días de trabajo. La tecnología ha avanzado de forma espectacular. Pero ver cómo se construían artesanalmente estas películas recuerda algo bastante importante:
la herramienta nunca debería ser más importante que la idea.
Cuando unos dibujos empiezan a moverse
Otra de las partes fascinantes del museo explica algo aparentemente muy sencillo pero que está en el origen de todo el cine: cómo nuestro cerebro convierte una sucesión de imágenes inmóviles en movimiento.
Zootropos, proyectores y otros dispositivos muestran los principios de la animación.
Figuras completamente inmóviles empiezan a cobrar vida cuando el mecanismo gira y la iluminación entra en juego.
Puede parecer elemental comparado con la animación digital actual, pero precisamente ahí está buena parte de su encanto.
La magia empieza siendo mecánica.
Un museo que no quiere que lo mires a través del teléfono
Una de las características más particulares del Museo Ghibli es que no se permiten fotografías ni vídeos en el interior.
Si aquello ya resultaba peculiar en 2007, en 2026 parece casi una declaración de principios.
Vivimos acostumbrados a fotografiarlo absolutamente todo. En ocasiones parece incluso que primero tenemos que guardar una imagen en el móvil para poder disfrutar después de lo que tenemos delante.
Aquí sucede exactamente lo contrario.
Hay que mirar.
Eso explica también por qué las fotografías que conservo de aquel día son principalmente de los espacios exteriores.
Y paradójicamente, después de casi veinte años, quizá tenga algo positivo: no puedo reconstruir artificialmente cada segundo de la visita mirando cientos de fotografías.
Lo que permanece es el recuerdo de haber estado allí.
Un cortometraje que solamente podías ver allí
En mi artículo original de 2007 anoté también:
«...y un cortometraje inédito... espectacular.»
En el sótano del museo se encuentra el Saturn Theater, una pequeña sala con alrededor de 80 localidades en la que se proyectan cortometrajes originales de Studio Ghibli.
La programación va cambiando y estas producciones forman parte de la propia experiencia del museo.
Aquí prefiero ser especialmente cuidadoso: después de casi veinte años no puedo afirmar cuál fue exactamente el cortometraje que vimos aquel 23 de noviembre de 2007 sin disponer de una documentación que lo confirme.
Lo que sí puedo afirmar porque lo escribí aquel mismo día es que vimos uno.
Y mi valoración quedó bastante clara:
El Gato-Bus existe... pero los adultos nos quedamos fuera
Otro de los espacios más conocidos del museo está dedicado al enorme Gato-Bus de Mi vecino Totoro.
Ghibli convirtió aquel extraño vehículo de la película en un espacio real para que los niños pudieran tocarlo, subirse y jugar.
Los adultos, sin embargo, tenemos que limitarnos a observarlo.
Actualmente el propio museo sigue indicando que el Cat Bus está reservado a niños de hasta 12 años.
Y, pensándolo bien, me parece absolutamente coherente con la filosofía de Miyazaki.
Por una vez, somos los mayores quienes nos quedamos mirando desde fuera.
El Robot Soldier de El castillo en el cielo
Y finalmente llegamos a uno de los símbolos del museo.
Desde una escalera de caracol se accede al jardín de la azotea y allí, rodeado de vegetación, aparece el gigantesco Robot Soldier de El castillo en el cielo.
Mide aproximadamente cinco metros de altura.
Esta fotografía es probablemente una de las que mejor resumen aquella visita.
Una enorme máquina rodeada de plantas.
Tecnología y naturaleza conviviendo.
Algo creado por el ser humano que parece haberse integrado nuevamente en el bosque.
Es difícil encontrar una imagen que resuma mejor algunas de las constantes del cine de Miyazaki.
Y después... Akihabara
Y aquel día todavía no había terminado.
Después del Museo Ghibli fuimos a Akihabara, uno de los barrios más famosos de Tokio por la electrónica y la cultura popular japonesa.
En mi crónica de 2007 comentaba precisamente la enorme cantidad de gente que llenaba el barrio y cómo algunas calles llegaban a cerrarse al tráfico.
Y ahora, visto con perspectiva, aquella combinación representa bastante bien una de las sensaciones que me produjo Japón.
En unas pocas horas habíamos pasado del trabajo artesanal de Ghibli, los dibujos, los bosques y Totoro a un lugar lleno de electrónica, luces, tecnología y cultura pop.
Dos mundos muy diferentes y, al mismo tiempo, absolutamente japoneses.
Mi viaje a Japón de noviembre de 2007
Ghibli era una de las visitas que tenía señaladas incluso antes de partir.
De hecho, el 5 de noviembre de 2007, pocos días antes del viaje, publiqué una pequeña entrada titulada Viaje a Japón en la que enumeraba algunas de las cosas que quería ver.
La primera de aquella lista era precisamente:
Museo Ghibli.
Durante aquellos días fui dejando pequeñas crónicas en mamomo.com. Eran textos muy diferentes de los artículos que publico hoy: unas pocas líneas escritas desde Japón para contar dónde estaba, lo que había visitado y enlazar las fotografías.
Por ejemplo, el 18 de noviembre escribía desde Osaka después de haber pasado prácticamente todo el día visitando los templos de Nara.
Y había un detalle que en aquel momento me pareció suficientemente importante como para dejarlo registrado:
hacía muchísimo frío.
Ahora aquellas entradas tan sencillas se han convertido accidentalmente en mi propio diario del viaje.
De Heidi a Chihiro
Hay además una conexión curiosa con quienes crecimos viendo televisión en España.
Mucho antes de saber quién era Hayao Miyazaki, muchos ya habíamos visto parte de su trabajo.
Heidi, la serie japonesa de 1974 dirigida por Isao Takahata, contó con Hayao Miyazaki en un papel esencial dentro de su concepción visual y escénica.
Años después, Miyazaki y Takahata serían figuras fundamentales en la creación de Studio Ghibli.
Es curioso pensar que posiblemente algunos habíamos entrado en ese universo visual muchos años antes de conocer siquiera el nombre de Miyazaki.
Casi veinte años después
Cuando vuelvo a mirar estas fotografías hay algo evidente:
ha pasado muchísimo tiempo.
La visita fue el 23 de noviembre de 2007.
En aquellos años escribía desde Japón en el blog y enlazaba las fotografías del viaje mediante Picasa, el antiguo servicio de Google.
Picasa terminó desapareciendo como servicio independiente, los teléfonos han cambiado completamente, las cámaras también, Internet no se parece demasiado al de entonces y nuestra forma de viajar y compartir lo que hacemos es radicalmente distinta.
Pero el recuerdo de aquella visita continúa siendo muy claro.
Studio Ghibli, Premio Princesa de Asturias 2026
Existe además una buena razón para recuperar precisamente ahora esta historia.
El 6 de mayo de 2026 se anunció oficialmente que Studio Ghibli había sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026.
Entre los aspectos destacados del estudio se encuentran precisamente la sensibilidad de sus historias, su animación artesanal, el respeto por las personas y la naturaleza y esa capacidad tan característica de encontrar belleza en situaciones aparentemente cotidianas.
Leer eso casi veinte años después de aquella visita me lleva inmediatamente de nuevo al museo.
Porque gran parte de esa filosofía estaba allí.
Un museo que sigue funcionando a su manera
El Museo Ghibli sigue estando en Mitaka y continúa manteniendo muchas de las características que lo hacían diferente cuando lo visité.
Las entradas deben comprarse con antelación para una fecha y una hora determinadas. No se pueden comprar directamente al llegar al museo.
El Saturn Theater sigue proyectando cortometrajes de Studio Ghibli, el Cat Bus continúa esperando a los niños y el Robot Soldier de cinco metros permanece en el jardín de la azotea.
Y dentro del edificio sigue sin estar permitido hacer fotografías ni grabar vídeos.
En un mundo que ha cambiado enormemente desde 2007, resulta agradable comprobar que algunas cosas continúan funcionando a su manera.
Un pequeño sueño cumplido
Podría intentar explicar ahora, casi veinte años después, qué significó para mí aquella visita.
Pero creo que hay una versión de mí mismo que lo explicó mucho mejor.
La que acababa de salir del museo.
El 23 de noviembre de 2007 escribí:
«...una de las visitas más esperadas de este viaje y un pequeño sueño en mi vida.... visitar el museo Ghibli».
Creo que no hace falta adornarlo demasiado más.
Había viajado hasta Japón y estaba en el lugar donde podía descubrir cómo se creaban algunas de las películas de animación que más me habían impresionado.
Y, por lo que parece también en las fotografías, estaba feliz.
De hecho, alguien llamado Mayka dejó entonces un comentario en aquella entrada:
«Por fin estás en el museo, ahora sí que se te ve feliz de verdad, por lo menos sonríes en las fotos.»
Y probablemente tenía razón.
Casi veinte años después, estas fotografías ya no son simplemente las imágenes de unas vacaciones.
Son el recuerdo de un viaje, de una época y de aquel día en Mitaka en el que durante unas horas pude entrar en el universo de Studio Ghibli.
Un pequeño sueño que, efectivamente, pude cumplir.
Del archivo de mamomo.com
Mi publicación original desde Japón, 23 de noviembre de 2007:
Ghibli y Akihabara
Antes de iniciar el viaje:
Viaje a Japón — noviembre de 2007
Ghibli Museum, Mitaka — web oficial · Studio Ghibli — Premio Princesa de Asturias 2026































